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Etnocidio y reordenamiento territorial



Hace un año, cuando el gobierno federal y su FONATUR realizaron la farsa de “consulta indígena sobre el tren maya”, nada de nada de la escasa información proporcionada decía algo sobre un reordenamiento territorial del área maya. Sólo se hablaba del tren en términos de beneficios, progreso y desarrollo.


Seis meses después de la mayor farsa de su tipo en la historia nacional, el FONATUR presentó finalmente en junio pasado una primera parte de la información faltante: la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) del tren, referida ésta sólo a los daños ambientales (no a los sociales) que provocaría el proyecto. Y esta información que nunca vieron los mayas seis meses antes durante la farsa de “consulta”, fue sometida (bajo muchas restricciones burocráticas) al ojo público, para observaciones y comentarios, y lo primero que saltó a la vista fue una atrocidad insalvable, resumida así por un numeroso grupo de académicos: “El Sistema Ambiental Regional (SAR) que será impactado por el Proyecto Tren Maya está mal definido y presenta fronteras muy estrechas. (...) La subvaloración del área afectada (...) reaparece en todos los demás capítulos de la MIA (...)”.


Es decir, todo el documento de la MIA presentada en junio pasado por el FONATUR está mal hecho, porque sólo pretende ver la afectación y el daño ambiental en la estrecha franja por donde circulará el tren rápido. Es decir, el gobierno federal sólo quiere ver los daños y afectaciones a vista de turista.


Bajo este mismo criterio y con los mismos actores, el gobierno federal anuncia ahora un plan con maña: un “Programa de Ordenamiento Territorial (POT)” de la región maya, para darle cabida al tren de los afanes presidenciales.


El POT que hoy anuncia el gobierno federal es un intento grotesco de parchar lo insalvable. Ahora como antes, la premisa fundamental es dividir en dos el área maya: una con tren y otra sin él. Hacer un cisma, seccionar, fraccionar: un gran pedazo para el tren y sus turismo empresarial, y al resto (con todas las afectaciones inherentes) que se lo lleven la pandemia y los coyotes.


El Artículo 2 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos empieza con estas líneas: “La Nación Mexicana es única e indivisible. La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas (...)”.


Dice luego el texto: “Esta Constitución reconoce y garantiza el derecho de los pueblos y las comunidades indígenas a la libre determinación y, en consecuencia, a la autonomía para: (...) IV. Preservar y enriquecer sus lenguas, conocimientos y todos los elementos que constituyan su cultura e identidad. V. Conservar y mejorar el hábitat y preservar la integridad de sus tierras (...)”.


Sin embargo, el Artículo 2 de nuestra Carta Magna es letra moribunda, sobre todo en estos tiempos de pandemia, pues sin respeto a nuestro dolor ni a nuestros enfermos ni a nuestros miles de muertos, el gobierno federal sigue impulsando sus proyectos etnocidas, ayudado en ello por el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat).


El ONU-Hábitat ha sido un abierto cómplice del gobierno mexicano en la violación de los acuerdos internacionales contra la discriminación, el racismo y el etnocidio (Convenio 169 de la OIT y Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas) en el proyecto del mal llamado “tren maya”. Las violaciones y atropellos flagrantes iniciaron hace un año con la farsa gubernamental de la “consulta indígena”, reprobada por otro organismo de la ONU, responsable de la observación: la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, ONU-DH), y a pesar de ello ONU-Hábitat ha persistido en sus traiciones y hoy la farsa continúa con el anuncio del POT, en un intento grotesco de darle más forma al etnocidio en curso y darle cabida a un tren sin sentido.


Bajo la óptica del Artículo 2 de nuestra Carta Magna, cualquier Programa de Reordenamiento Territorial en el área maya debería tener como finalidad “Preservar y enriquecer (...) todos los elementos que constituyan” la cultura e identidad maya, y “conservar y mejorar el hábitat y preservar la integridad de sus tierras”. No otra cosa dice el Artículo 2 constitucional que el presidente de México juró cumplir y hacer cumplir pero que ni cumple ni hace cumplir.


La raíz y el sustento de la identidad del pueblo maya está en la tierra: en las selvas, en la milpa, en los cenotes... El alma maya es un alma agrícola y silvícola, en pasado, en presente y en futuro. Es claro para quien quiera verlo con buen corazón. Y ante ello nos preguntamos: ¿Es posible imaginar algo más ajeno al alma y a la identidad maya que los proyectos mañosos y feroces de urbanización, comercialización e industrialización del presidente López y de su FONATUR?


* * *


Es mediados de noviembre. Es plena pandemia pero en las carreteras de Yucatán van los camiones de pasaje llenos a tope. En cada pueblo entran a meter más gente. No cabe nadie más. Van más personas paradas que sentadas. Van a Mérida, a la antigua Jo’. No van por gusto; van por obligación, porque hay que comer.


Atiborrados, los autobuses de transporte público estatal transitan a sus anchas por las carreteras federales, violando normas elementales de seguridad y de salubridad, de ética y de humanidad. Los gobernantes y los representantes populares –los de a sueldo– brillan por su ausencia.


Y mientras en los pueblos y en las carreteras federales de Yucatán van los camiones de transporte público estatal llenos de mayas dejados a su suerte desde siempre, en las oficinas del FONATUR siguen teniendo problemas para gastar la enorme cantidad de recursos que el presidente de México ha puesto en sus manos para echar adelante el tren “maya” para turistas impulsados por el neoliberalismo empresarial. No hay pandemia que valga ante los ojos presidenciales: morirán los mayas que se tengan que morir. Primero los pobres. Porque, dice López, el tren va que va.


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