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La banderota de Vila y otras traiciones.



Jcfm

 

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, dice un refrán popular que bien puede aplicarse en estos días a Mauricio Vila Dosal, gobernador de Yucatán, y a Renán Barrera Concha, candidato a sustituirlo. Hablamos en particular del caso de la bandera “yucateca” que Vila pepenó del basurero de la historia y la mandó hacer en formato inmenso para izarla en ceremonia oficial y presumir su “orgullo yucateco”... Y para que Renán la use –concertadamente– como símbolo de su campaña electorera.

Hemos de sentirnos les yucateques demasiado necesitades de un poco de identidad regional para dejarnos embaucar con el falso orgullo de la banderita de marras, cuyo problema no es estético (muches dicen que “es bonita”) sino histórico y simbólico, pues como se explicó en el artículo anterior (La banderita ‘yucateca’ de Renán Barrera), es el recuerdo de una traición atroz (otra de tantas) de la “gente blanca” contra el pueblo Maya, que desembocó en la larguísima, sangrienta y cruel “Guerra de Castas” (1847-1902), misma que los historiadores locales quisieron soslayar y enterrar en el olvido pero no pudieron.

Seamos claros y directos: No hay nada en la banderita “yucateca” que evoque o represente aquello que más nos define como yucatecos: el elemento Maya. Querámoslo o no, lo Maya es lo que nos da verdadera identidad regional y también es –querámoslo o no–la piedra angular de nuestro orgullo yucateco. Sin embargo, lo que es claro –hoy más que nunca– es que muches yucateques, y muy especialmente les meridanes, no estamos a la altura de lo que nos distingue, define y da identidad y orgullo regionales. Por ello –es decir, por nuestra falta de altura moral y nuestra carencia de genuina identidad regional– es que somos propenses a abrazar –sin mayor averiguación– cualquier símbolo “bonito” como representación de nuestro “orgullo yucateco”.

La banderita que Barrera, Vila y similares nos quieren vender hoy como “yucateca” fue tan sólo una ocurrencia del grupo político que comandaba el vicegobernador Miguel Barbachano en 1841, y fue izada en el palacio municipal de Mérida en marzo de ese año al calor de la rebelión federalista –ganada gracias a los guerreros mayas del oriente peninsular– contra el centralismo despótico de López de Santa Anna. Sin embargo, pocos años después el lábaro “yucateco” fue guardado y cayó en el olvido (junto con la culpa y el recuerdo de las numerosas y reiteradas traiciones federalistas contra el pueblo Maya, que desembocaron en la llamada “Guerra de Castas”) para dar paso a otro ignominioso y vergonzoso capítulo de nuestra historia: la nefasta industria esclavista del henequén, cuyo recuerdo mal lavado y medio blanqueado ocupa desde hace 35 años –para nuestra vergüenza borreguil– el centro del escudo oficial de Yucatán.

Siglo y medio después de inventada e izada por los barbachanistas, la mentada banderita “yucateca” salió del basurero en la década de 1990 para animar las concentraciones y los mítines políticos del PRI local (en ese entonces bajo el mando de Víctor Cervera Pacheco y los suyos), como una pretendida muestra de descontento “regional” por las injerencias (llamadas “concertacesiones”) del presidente Carlos Salinas en las elecciones estatales. Y desde entonces empezó a aparecer –tímidamente primero, aquí y allá– estampada en souvenires locales a modo de chiste regional y bajo el título de “Hermana República de Yucatán”.

Hoy sin embargo, treinta años después de su renacer cerverista, la banderita pretende –de la mano de Vila, Barrera y similares– dejar su sitial tragicómico y chusco para instalarse en la escenografía electorera, pero con un carácter pretendidamente serio y hasta “oficial” gracias a modificaciones legales que hoy permiten izarla en lugares públicos. (Quienes mejor se coordinaron para aprovechar dicho permiso fueron Vila, Barrera y el PAN, y no el “gordito” Ramírez Marín, legislador devenido neo-morenista que cuando era del PRI promovió los cambios legales antes mencionados; pero le comieron el mandado.) En fin. Un trapo colorido en manos de payasos bandidos.

 

              *

 

La banderita “yucateca”, decíamos antes, tiene una historia de traición vil y cobarde contra el pueblo Maya. Y hoy quienes más la enarbolan son los más notorios continuadores y herederos locales de esa traición. No son los únicos, por supuesto. Ningún polítique –estatal o nacional, hombre o mujer– se salva de este señalamiento: la traición al pueblo Maya es tan evidente como multitudinaria, y se manifiesta en el ninguneo, el abandono y el olvido selectivo.

En 2007 el antropólogo y etno-historiador yucateco Pedro Bracamonte y Sosa publicó el libro “Una deuda histórica. Ensayo sobre las condiciones de pobreza secular entre los mayas de Yucatán”, donde muestra –con datos científicos y fundamentos históricos– la forma en que el abuso criminal contra la gente Maya fomentó –desde la Conquista hasta nuestros días– la acumulación de riqueza de la “gente blanca”.

Hoy continúan el abuso criminal y el cinismo atroz de siempre. La gente Maya y su cultura son –bajo la mirada de todes les polítiques– apenas un brochazo folclórico en el panorama banal de los “pueblos mágicos” y cosas por el estilo inventadas para consumo del turismo, mientras la cleptocracia de siempre roba y contamina el agua, se apropia de las tierras mayas y vende los recursos de Yucatán a precios de ganga para cobrar jugosas comisiones.

Hace casi 20 años Bracamonte y Sosa sugirió en su libro, a modo de conclusiones, varias medidas “apenas iniciales frente al grave problema de la pobreza de los mayas”, y advirtió que dichas medidas “requieren de la asignación de cuantiosos recursos económicos por parte del Estado, pero no hay otra salida. Es una deuda histórica de la sociedad.”

Pero todo lo investigado y dicho por Bracamonte fue a saco roto, y todo ha empeorado: se sigue derrochando el erario –a manos llenas– en obra pública superflua (tipo Tren “Maya”, Ie-Tram y similares) donde todos roban; se ha incrementado de modo atroz el saqueo de agua por parte de las industrias refresqueras, cerveceras, cárnicas y demás; han proliferado de modo criminal las mega-granjas porcícolas y avícolas que contaminan sin freno ni medida el manto freático y apestan el ambiente de pueblos y comunidades rurales (el caso de las granjas industriales de cerdos, sobre todo las del Grupo KUO-Kekén y sus aparceros, merecen un artículo aparte, pues hay una mano negra que las impone –con uso descarado de la fuerza policial y amenazas de todo tipo– contra toda decencia y toda lógica); las tierras ejidales están siendo saqueadas –sin pudor ni medida– por todo tipo de coyotes inmobiliarios (en donde destaca la familia política de gobernador Vila); el gobierno federal sigue despojando impunemente al pueblo Maya –con la venia y la complicidad de todes les polítiques regionales– de su patrimonio arqueológico y hasta de su mismo nombre para dárselos gratuitamente al Ejército –prepotente, bárbaro, ecocida y asesino– para que los exprima al máximo en beneficio propio; etcétera.

Para no ir más lejos, el caso del Instituto para el Desarrollo de la Cultura Maya (INDEMAYA) del gobierno de Yucatán es tal vez la mejor imagen del nulo interés y la total ausencia de compromiso gubernamentales hacia el pueblo Maya. Su edificio sede es minúsculo, gris y casi invisible (en la calle 66 entre 63 y 65 de Mérida), su letrero totalmente cubierto –con pudor involuntario– por una bugambilia sin podar; su director, Eric Villanueva Mukul, ejerce cual miserable cuota partidista, siendo un personaje anodino y zángano que vive de su pasado político y académico “izquierdista” de ciertos vuelos que finalmente devino burócrata gris, sin más futuro que el de la pepena de puestos públicos que le signifiquen un sueldo por su silencio o por sus vergonzosas declaraciones para encubrir la traición gubernamental al pueblo Maya.

En fin. La página web del instituto (indemaya.yucatan.gob.mx) es, como su sede o su director Eric Villanueva, el vivo reflejo del abandono gubernamental y de la falta de compromiso con el pueblo Maya.

 

              *

 

Ni el INE, ni el PAN (y aliados y similares), ni la familia de Mauricio Vila perdonan la burla. Se roban hasta las cuotas electorales que deberían ser para candidates mayas. Ahora resulta que dos fulanos llamados Esteban Abraham Macari y Julián Zacarías Curi han sido confirmados como “candidatos mayas” a diputados federales por la alianza Fuerza y Corazón por México (PAN, PRI, PRD y demás).

Esteban Abraham y Julián Zacarías no tienen nada de mayas. No hablan el idioma, sus dos apellidos son sirio-libaneses y pertenecen a familias muy ricas y poderosas de Mérida y Progreso, respectivamente. Hay varios candidatos “indígenas” similares –en Yucatán y en todo México–, pero analicemos el caso de Esteban Abraham para ver hasta qué grado llega el descaro.

Actualmente Abraham Macari es diputado local en el Congreso de Yucatán, donde funge –entre otras posiciones– como secretario de la “Comisión de Respeto y Preservación de la Cultura Maya”. Ajá.

Además de diputado local y candidato “maya” a diputado federal, Esteban es presidente de la Unión Ganadera del Oriente de Yucatán (UGROY). Su hermano Levy Abraham Macari es presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) de Yucatán y presidente –reelecto– de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo (Canaco-Servytur) de Mérida. Varios miembros de la familia Abraham han sido también dirigentes empresariales.

Esteban y Levy Abraham son primos sanguíneos en segundo grado de María Eugenia Ortiz Abraham, esposa del gobernador Mauricio Vila. Los cuatro son sobrinos de Carlos Abraham Mafud, cabeza indiscutible del poderoso y multimillonario (en dólares) clan de los Abraham y uno de los más grandes acaparadores de tierras ejidales en los alrededores de Mérida. (Como su sobrino Esteban y por la misma razón –es decir, para acaparar tierras ejidales­­– Carlos también se ha hecho ejidatario en varios lados, por lo que en cualquier momento podría obtener del INE su reconocimiento como “maya”, si se ofreciere). Y por si fuera poco, en octubre pasado Carlos y su hermano Roberto Abraham Mafud estuvieron entre los destacados empresarios yucatecos que le dieron su apoyo a la candidata de Morena, Claudia Sheinbaum, en un acto público presidido por ésta en Valladolid.

Así pues, el clan Abraham (al que pertenecen Mauricio Vila y su primo “maya” Esteban) tiene huevos en todas las canastas.

 

              *

 

Hace unos días leí en un periódico su titular principal: “Rechazan más de 182 mil yucatecos ser funcionarios de casilla el 2 de junio”. Yo soy uno de ellos. Cuando vino a verme la funcionaria del INE para avisarme que había sido insaculado, le dije simplemente que no participaría.

–¿Puede firmar esta hoja?

–Sí, la firmo y ya.

–¿Y podría anotar en este espacio sus razones para no participar?

Entonces le dije que no. Ya había gastado demasiado tiempo en el tema. Pero aquí digo mi razón: No quiero participar en el lavado de imagen del sistema político-electoral mexicano. PAN, PRI, PRD, Morena o lo que sea –juntos o separados– son lo mismo: cárteles mafiosos del sistema narco-cleptocrático en el que se ha convertido la clase política mexicana, y es por ello que a los partidos les resulta fácil unirse o separarse, aliarse o pelearse y aceptar como candidate a cualquier persona, venga de donde venga y sea quien sea. Todes les polítiques tienen razón cuando se acusan mutuamente de corruptes: todes lo son.

Alguna vez creí que el voto era la mejor vía para lograr un cambio verdadero, y por eso participé con entusiasmo en todo lo que pude. Fui observador electoral varias veces, y no sólo eso: ayudé a organizar las consultas públicas promovidas por AMLO, desde la primera (la del Fobaproa hace más de un cuarto de siglo). Creí en AMLO y voté por él todas las veces que pude, incluso en 2018, pues creí que su liderazgo podría conducir a un cambio de fondo. Pero cuando se volvió presidente y se hizo evidente su gran traición me sentí el tonto más grande del mundo (sobre todo por haber soslayado las repetidas advertencias que con mucha anticipación nos hizo el EZLN). Entonces me quedó completamente claro que las elecciones y la tan cacareada “alternancia partidista” son solamente el lavadero de imagen de les criminales llamades “polítiques”.

No, no voy a ser funcionario de casilla el 2 de junio, como no lo será más del 70% de les insaculades. Seguramente tenemos razones similares, resumibles en tres palabras: Falta de motivación. O en una sola: Decepción. Profunda. (JCFM. Jo’, Yucatán, abril de 2024).


 

 

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